Hay una paradoja cruel que vivimos cada año en Aguascalientes. Durante diez meses, suplicamos que llueva y cuando por fin llueve, rogamos que pare.
Eso no es mala suerte. Es un problema de diseño.
En algunos pozos del estado, extraemos agua a más de 700 metros de profundidad. A esas profundidades, el agua ya no es fresca ni limpia: viene cargada de minerales que el cuerpo humano no está hecho para procesar de manera normal. Nos la bebemos igual, porque no hay de otra. El acuífero está sobreexplotado, los niveles bajan año con año, y la solución que hemos encontrado es simplemente perforar más profundo. Eso no es gestión hídrica, es aplazar el colapso.
Y luego llegan los dos meses de lluvia.
El cambio climático ha hecho que las lluvias en Aguascalientes sean cada vez más intensas y concentradas. En unas pocas horas cae lo que antes tardaba semanas. Nuestra infraestructura no aguanta. Las calles se inundan, las viviendas sufren daños, los colectores colapsan. El agua que tanto necesitamos llega de golpe, nos destruye y se va. No la almacenamos. No la aprovechamos; la dejamos correr hacia el drenaje mientras seguimos perforando el subsuelo.
Algo está profundamente mal en cómo pensamos nuestra ciudad.
El mundo ya tiene respuestas. Una de las más poderosas se llama ciudad esponja, un concepto desarrollado por el arquitecto paisajista chino Kongjian Yu, que propone rediseñar el paisaje urbano para que imite a la naturaleza: absorber, almacenar y reutilizar el agua de lluvia en lugar de expulsarla lo más rápido posible.
Para Aguascalientes, con su clima semidesértico y sus dos meses de lluvia concentrada, este concepto no es un lujo, debiera ser una necesidad de supervivencia.
¿Qué implicaría? Cambiar los pavimentos impermeables de banquetas y estacionamientos por adoquines porosos que dejen pasar el agua al suelo. Crear jardines de lluvia y zanjas verdes a lo largo de las calles, con plantas nativas que absorban y filtren el agua durante la temporada húmeda y funcionen como áreas verdes el resto del año. Instalar cisternas y pozos de infiltración subterráneos en los puntos donde el agua se acumula, con filtros naturales que la limpien y la guarden para la época seca. Apostar por vegetación de la región, cuyas raíces profundas mejoran la absorción del suelo; cubrir los techos planos de edificios y casas con tierra y plantas que frenen la caída directa del agua al drenaje.
No es ciencia ficción, son soluciones probadas en ciudades de China, Alemania, Holanda y Estados Unidos. Ciudades que decidieron dejar de pelear contra el agua y aprender a convivir con ella.
Aguascalientes tiene que tomar esa misma decisión. No podemos seguir siendo una ciudad que se ahoga cuando llueve y se seca el resto del año. Necesitamos repensar nuestro diseño urbano desde la ingeniería y la ecología, con una pregunta central: ¿cómo hacemos para que el agua que nos llega se quede?
El problema no es el agua. Es que no sabemos recibirla.
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(Esta editorial fue escrita por Juan Camilo Mesa Jaramillo con la revisión de Claude AI de Anthropic)
